Es como si el concierto del sábado fuera un concierto del pasado. O falso. Darse cuenta de que Rubén Blades es la voz de un continente que no existe. No existe sino como esa mezcla de trompeta y dictadura, como una quimera a la cual atribuirle tanta música perfecta y tanta injusticia, tanto desenfreno. Darse cuenta de un modo raro, un modo en el que uno no suele darse cuenta de nada, borracho y enajenado, de que se tiene una idea de un lugar al que se pertenece, y de que ese lugar es como la pretensión esquizofrénica de meterle trombón y timbal, de ponerle el sonido de Seis del solar a la muerte y a la tristeza. Y al darse por vencido. Y a la esperanza que hay que suponer (hay que). Se parece a esa empresa a todas luces imposible. Se parece al dolor de los brazos levantados que va apareciendo y se hace insoportable hasta el final. Las canciones y la voz extraña de Rubén Blades son la noción, la noción y el vacío que es sentir que se pertenece a ese lugar, a alguno, y no a otro. Ojalá pudiera explicar qué es lo que se siente estar ahí mientras lo que sea que él llama Latinoamérica acontece. O mientras lo que sea que se siente más propio que otra cosa acontece. Mientras lo que uno es y ha sido ocurre ante la mirada aturdida y temblorosa de uno mismo. Y uno se siente arruinado y escindido, feliz, eufórico, e injustamente reconfortado.

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Hello world!

enero 2, 2010

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